El proyecto Me quiero, me cuido surge de la necesidad de potenciar la educación sexual y la salud sexual en la población joven. Está adaptado a la edad madurativa de las personas que se dirige y contempla las directrices de los estados para asegurar una educación sexual de calidad, científica e impartida por profesionales con formación en sexología y psicología.
‘No los entiendo’ suele ser una frase típica ante el comportamiento, en general, de muchos jóvenes. Es una frase que a menudo esconde preocupación, desconcierto e incomprensión sobre sus pensamientos y conductas, sobre sus expectativas y metas, sobre su relación con los demás y el cuidado de uno mismo/a. Quienes miran a los jóvenes rara vez formulan preguntas adecuadas y pertinentes sobre su condición biopsicosocial. Madurar, como ya expresó el psicólogo Erick Erikson supone una crisis de identidad normativa. Es un conflicto donde aparece con fuerza tanto la posibilidad de encontrarse a uno mismo como la de perderse.
En esta etapa, la sexualidad es un tema que despierta confusión y curiosidad en las y los jóvenes. Educar la sexualidad o mejor dicho, las sexualidades, implica conocerse, aceptarse y disfrutarse. Es importante conocer lo que uno es, cómo funciona (fisiología, anatomía), lo que le gusta, lo que desea, los límites que quiere establecer… De la misma forma, es fundamental aceptarse en el plural de los hombres y en el plural de las mujeres, al margen de cánones, prejuicios y estereotipos de género. Aceptarse es saberse único y especial, es tener conciencia de que la sexualidad es biográfica y merece ser asimismo cuidada y comprendida. Obviamente, resulta más fácil aceptarse si uno aprende a conocerse. Y, por último, el ser humano, como ser sexuado y sexual, no puede ignorar que es básico aprender a expresarse eróticamente de forma satisfactoria y adecuada.

Aunque muchos adultos quieran mirar a otro lado, la mayoría de las y los jóvenes inicia su vida sexual en la adolescencia. En este periodo es fundamental abordar aspectos relacionados con el proceso de sexuación, la prevención de riesgos como los embarazos no deseados, la exposición a la pornografía y las infecciones de transmisión sexual (ITS), y potenciar el desarrollo de relaciones saludables, responsables y conscientes. Es importante que, a la hora de abordar estas cuestiones la perspectiva de género sea ineludible. Quienes no se adscriben a las normas socioculturales de expresión sexual y de género, tienen riesgos adicionales para su salud física, emocional y social (Corona y Funes, 2004).
Según la evidencia actual, la orientación sexual y la identidad sexual no afecta el funcionamiento psicológico de las personas y la mayor prevalencia de malestar psicológico y conductas de riesgo en la población LGTBI sería consecuencia de la discriminación y hostilidad social a la cual está expuesta. En muchos casos, esas conductas violentas aparecen en uno de los medios de socialización preferidos por las y los jóvenes: Internet y las redes sociales. Si a la estigmatización de la homosexualidad y la transexualidad que experimentan algunos jóvenes se le añade ser minoría étnica o racial, el desafío para la formación de identidad puede ser aún mayor, conduciendo a confusión, frustración y aumento de conductas de riesgo.
En relación al género y la sexualidad, las chicas continúan, en general, siendo socializadas para que sean afectivas y muestren sus emociones, pero no sus deseos sexuales, puesto que estos se consideran socialmente secundarios. Se les transmite que deben ser deseables porque son el objeto sexual, que se deben dejar conquistar y que deben complacer a su pareja. Se les enseña a ser delicadas y a necesitar protección. En cambio, los chicos son expuestos en mayor medida al contenido pornográfico y se enfrentan a fuertes distorsiones cognitivas relacionadas con el placer, la masculinidad, el consentimiento o la aceptación corporal.

El proyecto Me quiero me cuido se divide en 5 sesiones formativas. Está dirigido para grupos de jóvenes entre 14 y 18 años. Entre sus objetivos, destacamos los siguientes:
1) Aprender a desarrollar una sexualidad sana, responsable, diversa y satisfactoria.
2) Facilitar conocimientos sobre sexualidad humana que proporcionen bienestar, autonomía y seguridad a las y los jóvenes, al margen de falsas creencias y estereotipos de género que existen en la cultura.
3) Sensibilizar sobre las infecciones de transmisión sexual (ITS) y dar a conocer los principales tratamientos sanitarios.
4) Prevenir los riesgos relacionados con la sexualidad: embarazo no deseado, ITS, violencia sexual, violencia sexual digital, hipersexualización.
5) Favorecer la ética de las relaciones, prestando especial atención a la ética del consentimiento y la responsabilidad compartida.
6) Ampliar información sobre los métodos de anticoncepción.
Mientras que el silencio adoctrina, la educación sexual favorece la información en materia de derechos sexuales y reproductivos. No hay que olvidar que son estos derechos los que permiten que las y los jóvenes conozcan cuestiones biológicas y tomen decisiones libres e informadas, sin coacciones, sin violencias, sin estereotipos. La educación sexual es un derecho humano. El Relator Especial sobre el Derecho a la Educación de Naciones Unidas afirmaba en 2010 que “el derecho a la educación incluye el derecho a la educación sexual, el cual es un derecho humano en sí mismo, que a su vez resulta condición indispensable para asegurar que las personas disfrutemos de otros derechos humanos, como el derecho a la salud, el derecho a la información y los derechos sexuales y reproductivos. Así, el derecho a la educación sexual integral es parte del derecho de las personas a ser educadas en derechos humanos”.